Historia del komboskini.

De la Cuerda de Oración al Rosario.

Origen de la Cuerda de Oración.


El origen de la cuerda de oración, se atribuye, en el siglo IV a los Padres del Desierto, que renunciando al mundo, marcharon a lugares solitarios movidos por la exhortación de San Pablo a vivir "perseverantes en la oración" (Rm 12,12) y a "orar constantemente"(1 Tes 5,2).

Para permanecer en la “oración constante”, dedicaban toda la jornada a rezar el salterio, intercalando algunos trabajos artesanos para poder subsistir. Sin embargo, los monjes que no sabían leer o no sabían de memoria los 150 salmos de la Biblia, rezaban pequeñas oraciones o jaculatorias.

En la Iglesia Primitiva se consideraba al Símbolo de la Fe como el compendio de las Sagradas Escrituras, al Padre Nuestro la Corona del Cristiano, y a la oración del Kyrie eleison, síntesis del Salterio. Y así, por la simplicidad de esta oración, los monjes iletrados se acostumbraron a rezarla en lugar de la oración litúrgica, susurrando una y otra vez: Kyrie eleison, – Señor ten piedad-.

Al principio, para contar sus oraciones se ayudaban con una bolsita de cuero que contenía ciento cincuenta piedrecitas. En vez de recitar la salmodia, tomaban una piedrecita en la mano, y mientras la sujetaban, rezaban: Kyrie eleison. Inmediatamente arrojaban la piedra y tomaban otra para seguir repitiendo la oración hasta 150 veces. Y fue así, cómo esta forma de rezar con cuentas se convirtió en "el salterio de los pobres”, de monjes que no sabían leer, mientras el resto de la comunidad rezaba y cantaba los Salmos.

Al poco tiempo, comprendieron que el saquito de piedras no era práctico, ya que al final del rezo tenían que recoger todas las piedras, algunas se perdían y se interrumpía la concentración. De este modo, idearon una cuerda con nudos para contar y acompañar la oración.

Se atribuye a San Antonio el grande (s. IV), el origen de la Cuerda de Oración. Dice un apotegma que Antonio trenzaba una soga con un simple nudo cada vez que rezaba el Kyrie eleison, pero el Maligno para hacerle la guerra y desanimarlo de la “oración constante”, le deshacía los nudos. Abatido en el combate de la Fe, tuvo una visión de la Madre de Dios (Theotókos), que le inspiró la forma de trenzar la cuerda con un nuevo nudo que el demonio ya no podría deshacer. El nudo se realizaba cruzando la cuerda entre sí, y el resultado era un lazo redondo atado con ocho cruces.

Al principio, a esta cuerda de 150 nudos se la llamó en griego: Komboskini: kombos (nudo) y kini (cuerda). Era un cordón de cuero, y estaba destinado exclusivamente a la oración. Más tarde empezó a trenzarse con lana pura de oveja para significar que Jesús es el cordero de Dios. El hilo de lana negra significaba el carácter penitenciario y el luto por nuestros pecados. Después, también empezó a trenzarse con lana roja, -color de la pasión de Nuestro Señor-, para significar la sangre del Cordero; y de color blanco, el color natural del cordero. (Actualmente los kombosquinis se trenzan con distintos tipos de materiales y con diversidad de colores, buscando siempre un significado espiritual).


«Cuando durante la salmodia, la oración o la lectura, te viene un mal pensamiento, no le prestes atención sino más bien concéntrate más en la salmodia, la oración o la lectura. Si el mal pensamiento persiste, toma la cuerda en tus manos y combate para invocar constantemente el nombre de Jesús, y el Señor te auxiliará y suprimirá las astucias y trampas de los enemigos».

                                                                                                                              Juan de Gaza (s. VI)

Con el tiempo, esta forma de rezar, propia de los monjes analfabetos, fue ganando popularidad entre todos los ascetas del desierto, primero por su simplicidad, segundo por su compatibilidad con los trabajos manuales y después por los frutos de santidad que producía. Tanto es así, que a partir del s. VIII y hasta el día de hoy, cuando un novicio entra en un monasterio ortodoxo, antes de empezar a rezar el salterio, el abad del monasterio, primero le inicia en la oración del corazón y le hace entrega del Komboskini con las siguientes palabras:


“Acepta, hermano N., la espada espiritual que es la palabra de Dios, ora constantemente al Señor en tu alma, en tus pensamientos, y en tu corazón, y di siempre: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador.”


La cuerda ya no tenía la finalidad de contabilizar las oraciones, sino que se había convertido en un instrumento para invocar el nombre de Jesús; como decían los antiguos padres, el Komboskini , “en las manos del monje, es una espada para luchar contra el adversario, es un apoyo para el arduo combate contra los pensamientos, la imaginación, los antiguos recuerdos y las pasiones que nos persiguen cada día”.

Posteriormente empezaron a trenzarse cuerdas con diferentes tamaños y formas, dependiendo si eran para el dedo, la muñeca, la mano, o la cintura. El número de cuentas hacía referencia al motivo de la meditación.

A partir del siglo IX, lo que empezó siendo una práctica monacal destinada a los monjes iletrados, pasó a ser una costumbre de todo el pueblo cristiano. La oración vocal con el komboskini se extendió sobre Occidente, promovida por los monjes benedictinos, descendientes de la tradición monástica de los Padres del Desierto.

Con el paso del tiempo y después del cisma de Oriente (1054 d. C.), las jaculatorias que se utilizaron para acompañar la cuerda se Oración fueron evolucionando según la espiritualidad del momento, pero siempre mantuvieron como núcleo fundamental la Oración evangélica del Kyrie eleison, -Señor ten piedad-.

La oración de los dos ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27).
El ruego de la mujer cananea: «¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!» (Mt 15, 23).
La súplica del padre del epiléptico: «Señor, ten piedad de mi hijo...» (Mt 17, 15).
La oración de los diez leprosos: «¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!» (Lc 17, 13).
También en la oración del ciego de Jericó: « ¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!» (Mc 10, 47-48; Lc 18, 38-39).
La oración del publicano de la parábola: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, pecador!» (Lc 18, 13). Etc...

La Oración del Corazón

La Oración de Jesús se hace al ritmo de la respiración o de los latidos del corazón, y por eso también se llama Oración del Corazón.

En el primer momento de inspiración, al tomar aire por la nariz, invocamos el nombre de Jesús con el fin de unirnos a él: Señor Jesús, hijo de David.

En el segundo momento de expiración, al sacar el aire por la boca, manifestamos nuestra realidad de pecado: Ten piedad de mí, que soy un pecador.

«A la respiración de tu nariz une la atención y el nombre de Jesús. Verdaderamente feliz es el hombre en quien la `oración a Jesús´ se prende al poder del pensamiento y lo llama continuamente en su corazón, así como el aire está unido con nuestros cuerpos y la llama a la mecha de la vela»

Hesiquio de Batos (s. VII-VIII),

En la Oración del Corazón, la respiración es muy importante. Según el Génesis, delante de la presencia de Dios, el aire que inspiramos proviene del aliento Divino. Significa aquel mismo aire que Yahveh Dios insufló a Adán y lo convirtió en un Ser viviente, ya que en el lenguaje Bíblico se utiliza la misma palabra (Ruãh) para expresar: aire o Espíritu. De este modo, cada vez que el hombre respira en la oración se sitúa frente a Dios recibiendo su aliento divino.

“La Oración de Jesús revestida del Ave María”.


En la Iglesia Católica, la Oración de Jesús siempre permaneció a lo largo de los siglos a través de las Jaculatorias, pero para contrarrestar la influencia de las herejías, la Oración se adaptará a un carácter más Mariológico, y el Komboskini a partir del s. XII, recibirá el nombre de Rosario.

Debido a las herejías del s. XIII, cuando parecía que la oración de Jesús iba desapareciendo del pueblo, en el año 1274, durante el Concilio de Lyon, el papa Gregorio X escribió una bula para propagar la devoción al Dulce Nombre de Jesús.

Siglos más tarde, tenemos el testimonio de San Francisco Javier, que ante la agonía de su muerte (1552) repetía incansablemente: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! ¡Oh Virgen, Madre de Dios, acuérdate de mí!'.

La estructura de la oración del Ave María, tal y como la conocemos hoy, tardó un milenio en componerse —desde el siglo VI al siglo XVI—. Sin embargo en su composición, la Iglesia siempre veló para que se respetase el núcleo de la Oración de Jesús. El Papa Urbano IV en 1483 mandó añadir la palabra Jesús a cada avemaría, para conservar el núcleo Cristológico de la Oración.

Algunos entienden que “Jesús” es la continuación de la invocación anterior: bendito es el fruto de tu seno Jesús. En este contexto, todos sabemos quién es el fruto del seno de María, por lo tanto, no hace falta nombrarlo, de hecho en el texto Bíblico no se nombra. La Iglesia lo añadió de este modo: “bendito es el fruto de tu seno. Jesús”. Al ser la última palabra, sobre ella recae toda la fuerza de la invocación, y retorna al sentido originario de la Oración de Jesús

En la Iglesia Católica, por las influencias de las comunidades monásticas, muy florecientes en estos siglos, pasó de la mentalidad individualista de los monjes solitarios del desierto: ten piedad de mí; a la oración comunitaria: ruega por nosotros. No pedimos piedad a María, sino que ella interceda a su Hijo por nosotros.

Finalmente, el último añadido fue a mitad del s. XIV: “ahora y en la hora de nuestra muerte”, haciendo presente al hombre en cada día y en cada hora su realidad escatológica.

El Rosario


Según cuenta la tradición, en el año 1208, la Virgen se le apareció a Sto. Domingo en una capilla mientras oraba. La Virgen María sostenía en su mano una bella cuerda en forma de guirnalda de rosas. Se lo entregó y le enseñó el modo de recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe, y le prometió que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para catequizar a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albigense, que negaba los sacramentos y la maternidad de María. Por ese motivo la Oración de Jesús se revistió con una catequesis para instruir al pueblo, y así mientras los fieles rezaban el Ave María recibían el antídoto frente a los errores de la Fe.

Ante el gran desconocimiento de las Escrituras por parte de los fieles, Santo Domingo de Guzmán utilizó algunos pasajes de los Evangelios para meditar junto con el rezo de las avemarías. Por influencia de los Dominicos y de los monjes Cartujos durante el siglo XV, la comunidad cristiana llegó a rezar el Rosario más o menos según su forma actual.

El monje dominico Jacobo Sprenger distribuyó estos episodios evangélicos en tres clases y los llamó misterios: gozosos, dolorosos y gloriosos. Esta división fue confirmada, y su forma de oración fue detallada por el papa Pío V en su bula “Consueverunt” (17 de septiembre de 1569). El Rosario prevaleció de esa manera por mucho tiempo.

El último cambio trascendente sucedió en el año 2002. El beato papa Juan Pablo II, publicó la “Carta Apostólica el Rosario de la Virgen María”, y lo completó con los misterios luminosos.

De este modo, en la Iglesia Católica la cuerda de oración utilizada en los primero siglos como un arma en la lucha contra los pensamientos, llegó a convertirse en lo que ahora llamamos Rosario. La Iglesia siempre ha velado para que el núcleo de la Oración del corazón se mantenga siempre fiel, a lo que la Virgen inspiró a san Antonio, a santo Domingo de Guzmán, a los pastorcillos de Fátima, a santa Bernardette de Lourdes, y a tantos santos que viven en “la oración constante”.

 

 Kyrie Eleison

 Oración de Jesús

 Ave María

 Invocación

 Señor,

 Señor Jesús, hijo de Dios.

 Dios te salve, María. Llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. Jesús

 Petición

 ten piedad.

 Ten piedad de mí, que soy un pecador

 Santa María, Madre de Dios. Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

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